En julio de 2026, mientras el Pacífico ecuatorial acumulaba calor a un ritmo que no se veía en años, la Antártida gritaba su rol ofreciendo vientos a altas velocidades y con temperaturas congelantes por el otro extremo del sistema climático sudamericano. Es decir, todo lo contrario al calor de la mitad del mundo. Las masas de aire antártico se desprendían del vórtice polar y avanzaban hacia el norte con una intensidad inusual. Al no tomar el corredor habitual por la costa del Pacífico —ese que lleva los friajes a la sierra peruana— sino que cruzaron las tierras bajas del Cono Sur y penetraron en el corazón agrícola de Brasil. Temperaturas bajo cero llegaron hasta Minas Gerais, el estado que produce el 70% del café arábica brasileño y alimenta cerca del 25% de la oferta mundial de ese grano.
El Niño fue declarado oficialmente el 11 de junio, con probabilidad creciente de alcanzar la categoría de «Súper El Niño» hacia fin de año. El mismo fenómeno que amenaza con lluvias torrenciales a la costa norte peruana es el que, paradójicamente, facilita el ingreso del aire gélido sobre los cafetales de Brasil. El mundo no muestra dos historias separadas: es una sola, y tiene consecuencias directas para el café peruano —hoy cuarto producto agroexportador del país con US$ 476.3 millones entre enero y julio, según registros de SUNAT— y para la canasta agroexportadora en su conjunto.

POR QUÉ EL NIÑO ENFRÍA LO QUE DEBERÍA CALENTAR
El calentamiento del Pacífico tropical genera ondas atmosféricas de gran escala que viajan hasta chocar con el vórtice polar —la corriente de vientos que normalmente confina el aire más frío sobre la Antártida—. Cuando la energía es suficiente, el vórtice se debilita y el aire gélido que estaba contenido se derrama hacia latitudes más bajas. El indicador que lo mide, la Oscilación Antártica (AAO), registró en julio de 2026 un pico negativo que empujó la corriente de chorro polar hasta latitudes inusualmente bajas.
¿Por qué Brasil y no Perú? La Cordillera de los Andes canaliza las masas polares en dos corredores posibles. Si la configuración atmosférica favorece un flujo por el Pacífico, el frío sube por Chile y puede ingresar al Perú como friaje. Pero cuando El Niño modifica la posición de la corriente de chorro, las masas polares no logran trepar la barrera andina y se canalizan por las tierras bajas orientales hacia el sur y sudeste de Brasil. No es que las heladas «iban hacia Perú y se desviaron»: es que el mismo forzamiento que calienta el Pacífico redirige la trayectoria preferente del frío antártico hacia el interior del continente. El Niño reparte sus cartas en direcciones opuestas: calor y lluvia para unos, frío extremo para otros.
EL GOLPE AL CAFÉ BRASILEÑO
El café arábica de Brasil venía de un ciclo 2025/26 castigado: 63 millones de sacos según el USDA, 3% menos que la campaña previa, con el arábica cayendo a 38 millones de sacos (−13.6%) por una sequía prolongada durante la granulación. A esa base debilitada, el 2026 sumó granizo en mayo en el Sul de Minas —con pérdidas estimadas en 230,000 sacos—, alertas de helada adelantadas en junio, y las dos masas polares de julio con temperaturas bajo cero en las comarcas cafeteras.
La cosecha se retrasó: a mediados de julio, el Sul de Minas —que aporta el 30% de la producción brasileña— llevaba apenas 30% de avance en la recolección. Café sin cosechar cuando llegan las heladas es café en riesgo. Las exportaciones brasileñas cayeron 16.1% en volumen entre enero y abril, y los inventarios en bolsa descendieron a mínimos desde febrero de 2024.
Las proyecciones del ciclo 2026/27 son optimistas (CONAB: 66.7 millones de sacos; USDA: 71.9 millones), pero si las heladas de julio dañaron brotes y floración, el efecto aparecerá en la productividad de la campaña 2027/28. Y la repetición cada vez más frecuente de eventos extremos —helada de 2021, sequía de 2024, granizo y heladas de 2025-2026— erosiona la capacidad de recuperación de las plantaciones. En 2021, la peor helada en 30 años hizo subir el arábica 60% en un semestre; en 1975, la «geada negra» duplicó los precios mundiales en menos de un año.

EL CAFÉ PERUANO: OPORTUNIDAD CON FECHA DE VENCIMIENTO
Para el Perú, séptimo exportador mundial y con fuerte presencia en los segmentos orgánico y de especialidad, las heladas brasileñas son un doble filo.
Los datos de SUNAT al 4 de agosto (cifras preliminares de julio) muestran un café peruano que vive su mejor momento en valor: US$ 476.3 millones FOB entre enero y julio de 2026, con 80,331 toneladas despachadas. El grano es hoy el cuarto producto agroexportador del país, detrás de la palta (US$ 1,532.7 millones), la uva (US$ 754.6 millones) y los arándanos (US$ 751.9 millones), pero por delante del cacao y las frutas congeladas. La campaña cafetera se concentra fuertemente en el segundo semestre del año: junio y julio solos acumulan el 52% del valor y el 57% del volumen total del período —US$ 247.5 millones y 45,576 toneladas en esos dos meses—, lo que convierte al tramo final de la cosecha en el momento de mayor exposición tanto al precio internacional como a cualquier perturbación climática.
Estados Unidos lidera los destinos con el 33.4% del FOB (US$ 159.1 millones), seguido de Alemania (12.0%), Bélgica (10.5%) y Canadá (8.0%). La demanda por orígenes alternativos a Brasil —Perú, Colombia, Etiopía— crece naturalmente cuando el mayor productor del mundo no logra cubrir su cuota habitual, y el café peruano, particularmente el orgánico y el de comercio justo, se posiciona bien en ese contexto.
Pero la trayectoria del precio implícito cuenta otra historia. En enero, cada kilogramo de café peruano se exportó a US$ 7.27; para julio, ese valor había descendido a US$ 5.03 —una caída del 31% en siete meses—. La corrección refleja el movimiento internacional del arábica, que pasó de un pico cercano a US$ 4.40 por libra a finales de 2025 a los US$ 3.16-3.46 que cotizó en julio-agosto de 2026. Aun así, los precios siguen siendo históricamente altos: el promedio del período, US$ 5.93/kg, multiplica con creces los niveles de hace dos o tres años. Es decir, el café peruano recibió en estos siete meses un ingreso que en otras épocas habría requerido casi el doble de volumen.

La cuestión es cuánto dura esa ventana. El riesgo está en el horizonte y viene del mismo origen atmosférico que las heladas brasileñas. El patrón de El Niño que envía frío a Minas Gerais es el que trae lluvias excesivas y calor al Perú. La roya del cafeto prospera con humedad y temperatura elevada, y ya golpeó la caficultura peruana en ciclos previos. En el episodio de 2023-2024, el café peruano cedió 15% en volumen exportado y la producción cayó a 4.12 millones de sacos antes de recuperarse en la campaña siguiente (el USDA proyecta 4.78 millones de sacos para 2026/27, prácticamente estable). Si el ENFEN confirma un Niño costero fuerte para el verano 2027, las zonas cafetaleras de selva alta —Junín, Cajamarca, San Martín, Amazonas— enfrentarían exceso de humedad, problemas fitosanitarios y pérdidas de cosecha. La peor combinación posible: precios internacionales que premian cada saco disponible, y menos sacos que ofrecer.
MÁS ALLÁ DEL CAFÉ: LA CANASTA BAJO PRESIÓN
El café no está solo. Las agroexportaciones peruanas entre enero y julio de 2026 sumaron US$ 6,373.7 millones FOB con 2.82 millones de toneladas despachadas. El Niño ya deja huella en los volúmenes: entre enero y mayo, el valor creció 4.8% pero el tonelaje se contrajo 1%. Los cambios bruscos de temperatura alteran la floración de la uva, la palta, el arándano y el mango Kent en el norte costero, donde no se cumplen las madrugadas cercanas a 16°C que esos cultivos necesitan. En Ayacucho, las paltas presentan niveles de materia seca inferiores al 22%, el mínimo para cumplir estándares internacionales de calidad, lo que limita su acceso a mercados de exportación.
El análisis publicado por Fresh Fruit Perú el 8 de julio —con datos de 17 campañas y más de 4 millones de registros SUNAT— cuantificó el costo histórico del fenómeno: en años de El Niño costero, el volumen agroexportador crece en promedio 4.3% anual frente a 12.8% en años neutros, una brecha de seis puntos porcentuales. Y el efecto no se agota en el año del evento: se arrastra a la campaña siguiente. En 2024, un año posterior al pico del Niño costero, el volumen quedó 12.1% bajo tendencia, el peor desvío de la serie 2010-2025. La canasta del norte costero —mango, banano, arándano y espárrago, concentrada en Piura, Lambayeque y La Libertad— cayó 19.5% en volumen en 2023 y rebotó 22.8% en 2025: golpe profundo, localizado, pero transitorio. Si el patrón se repite con un Niño costero fuerte en 2027, la factura se concentraría en 2028, con esos mismos cultivos en la línea de fuego y la palta y la uva acusando el golpe con rezago.
UN MISMO FENÓMENO, AMENAZAS OPUESTAS
Lo singular del momento es que El Niño 2026 genera amenazas de naturaleza contraria en dos países que compiten y se complementan en el mercado agrícola global. En Perú, amenaza por exceso: lluvias torrenciales en la costa norte, inundaciones que destruyen campos y cortan vías —los puentes de Piura, Lambayeque y La Libertad que colapsaron en 2017 y 2023 siguen siendo el punto de vulnerabilidad más crítico de la cadena logística agroexportadora—, humedad que favorece plagas y deteriora la calidad de los frutos. En Brasil, amenaza por la puerta trasera atmosférica: al debilitar el vórtice polar, El Niño redirige frío antártico hacia las zonas cafeteras subtropicales, donde los árboles no resisten temperaturas bajo cero. Cuando la helada es severa, los brotes se queman, la floración se pierde y el daño se extiende a dos cosechas futuras —exactamente lo que sucedió en 2021, cuando la peor helada en tres décadas comprometió las campañas 2021/22 y 2022/23.
La conexión comercial cierra el círculo. Si las heladas brasileñas mantienen ajustada la oferta de arábica, los precios seguirán elevados, lo que beneficia al café peruano mientras la producción se sostenga. Pero si El Niño costero fuerte golpea las plantaciones peruanas en 2027, el país perdería volumen justo cuando cada saco vale más que nunca.
Las variables a vigilar son claras. En el frente brasileño, las evaluaciones post-invierno en el Sul de Minas dirán si la floración del café sobrevivió a las heladas de julio; los reportes de campo tardan semanas en consolidarse porque una planta puede lucir verde tras una helada moderada pero haber perdido yemas florales cuya ausencia solo se nota cuando la floración no llega. Si las evaluaciones confirman pérdidas significativas para la campaña 2027/28, los precios podrían retomar la senda alcista. En el frente peruano, la evolución del ICEN hacia el verano 2027 definirá el riesgo sobre la producción local: si el calentamiento costero se materializa con la fuerza que proyectan los modelos, la campaña de mango, banano y espárrago del norte estará en la línea de fuego, y la caficultura de selva alta enfrentará las condiciones que históricamente disparan la roya.
El frío que bajó de la Antártida y giró hacia Brasil no fue un accidente meteorológico: fue la expresión de un sistema climático que El Niño está reconfigurando a escala continental. Entender esa conexión —que el mismo fenómeno que amenaza con inundaciones al norte peruano es el que lanza heladas sobre los cafetales de Minas Gerais— permite anticipar lo que viene. El primer semestre de 2026 transcurrió en condiciones costeras neutras, y las agroexportaciones peruanas alcanzaron un ritmo cercano al récord de 2025. Pero la señal de alerta es prospectiva, y el café peruano —con US$ 476 millones en la primera mitad del año y precios que, pese a la corrección, siguen en niveles extraordinarios— está en el centro de esa doble exposición: beneficiario de los problemas de Brasil hoy, y potencial víctima de El Niño mañana.
